05/10/2021
Adiós a un Cervantes: murió el escritor José Manuel Caballero Bonald, a los 94 años
Redaccion Redaccion
Poeta, novelista, memorialista y ejecutivo discográfico: el autor español vivió mil vidas hasta ayer, que falleció en Madrid; era uno de los últimos representantes de la generación de los 50

MADRID.- José Manuel Caballero Bonald ha fallecido a los 94 años en Madrid. La noticia la ha dado a las 8.08 de la mañana del domingo Josefa Ramis, su esposa, con la que se casó en Mallorca hace 61 años y con la que tuvo cinco hijos: “Se acabó”, ha dicho a sus amigos, para los que él era Pepe igual que ella es Pepa. Durante meses de enfermedad ella ha sido la voz del escritor, premio Cervantes en 2012, poeta, novelista y autor de unas memorias imprescindibles.

Caballero Bonald, para el que el día y la noche no tenían límites, dejó de hacer vida pública mucho antes de la pandemia. El cáncer de piel le había producido unas “averías” ―así las llamaba― de las que no quiso hacer exhibición. Se hacía raro ver en el dique seco a un hombre que tuvo siete vidas, cien oficios ―profesor de literatura, lexicógrafo, editor, productor musical― y otros tantos amigos. Para celebrar su Premio Cervantes le prestaron por un año la llave de una bodega de Jerez, su ciudad natal, para que entrara a cualquier hora y con quien él quisiera. Lo contaba con la satisfacción de un niño, como si su carrera literaria cobrara por fin sentido y el discurso de Alcalá de Henares delante del Rey hubiera sido un peaje hacia esa llave mágica. Fue profeta en su tierra ―una fundación lleva su nombre allí― a pesar de ―o tal vez porque― nada le molestaba más que los “andaluces profesionales”. Prefería a los flamencos de pocas palabras y a los que, como él, son capaces de mezclar sin aspaviento humor, malicia y bondad.

El poeta, novelista y ensayista nació el 11 de noviembre de 1926. Su padre era cubano criollo y la familia de su madre era de origen francés asentada en Andalucía desde mediados del siglo XIX. Tras pasar la Guerra Civil entre Jerez y Sanlúcar, estudió Náutica y Astronomía en Cádiz, disciplinas que cambió por Filosofía y Letras en Sevilla y Madrid, ciudad en la que se instaló en 1951.

Ese año ganó con su primer libro, Las adivinaciones, el Premio Adonáis, galardón que consagró a su generación, a los niños de la guerra que se dieron a conocer en los años cincuenta. Hay una célebre foto tomada en febrero de 1959, durante el homenaje a Antonio Machado en Collioure, en la que se le ve, con su bigote de entonces, sentado en el suelo junto a Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente o su gran amigo Ángel González. De esa generación de poetas sobreviven Francisco Brines ―su vecino en Madrid―, María Victoria Atencia, Julia Uceda o Antonio Gamoneda, pero Caballero Bonald era el último superviviente de aquel mítico retrato, que canonizó al grupo más influente de la poesía española desde la generación del 27.

1960 fue otro año clave. Se casó con Pepa Ramis, su compañera de toda la vida, y se trasladó a Bogotá como profesor de literatura en la Universidad Nacional. “Si la patria es lo que se ve desde la ventana de la casa donde uno vive a gusto”, solía decir, “yo tengo varias patrias; unas más duraderas que otras: el Coto de Doñana, Jerez, Mallorca, Madrid, Bogotá… En Colombia estuve tres años y allí escribí mi primera novela, tuve mi primer hijo. Me acuerdo mucho de esa patria mía. La que no me gusta nada es la patria de los patriotas españoles”.

Consagrado entre los poetas jóvenes, en Bogotá, efectivamente, se convirtió en novelista con Dos días de septiembre, que recibió el premio Biblioteca Breve de 1961, un galardón en el que le sucedió Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros. Centrada en la sociedad estamental y clasista del vino de Jerez, Caballero Bonald terminó repudiando esa novela por “demasiado deudora” de la estética social triunfante durante la posguerra. Él, que era el autor más barroco de su generación, prefería las audacias expresivas de títulos posteriores como Ágata ojo de gato (1974), galardonado con el premio de la Crítica, o Campo de Agramante (1992).


Música y matemáticas

Sus dudas sobre el “formalismo temático” en que se tradujo muchas veces el compromiso antifranquista ―que en 1966 dio con sus huesos en la cárcel de Carabanchel por un mes― hicieron que desdeñase otro de sus libros, esta vez de poesía: Pliegos de cordel (1963). Su obra poética completa, reunida en el volumen Somos el tiempo que nos queda, reúne títulos como Descrédito del héroe (1977), premio de la Crítica al año siguiente, Laberinto de Fortuna (1984), Diario de Argónida (1997) o libros nacidos, en plena vejez, de una particular mezcla de indignación cívica y exigencia estética: Manual de infractores (2005), La noche no tiene paredes (2009), Entreguerras (2012) y Desaprendizajes (2015). Descreído de la separación entre fondo y forma, reescribía sus versos cada vez que se publicaban y resumía su poética así: “En un poema las palabras tienen que tener un significado más rico que el que tienen en el diccionario. A veces pones juntas dos palabras que nunca lo han estado y abren un mundo, rompen un sello. Y lo hacen por el puro atractivo fonético. La poesía es una mezcla de música y matemáticas: tonalidad y rigor”.

Otra de las facetas de un hombre que tuvo mil es, precisamente, la musical. En 1969 firmó otra obra magna: el Archivo del cante flamenco, un álbum de seis discos y estudio preliminar grabado para la compañía Vergara. Como los folcloristas estadounidenses a los que admiraba, el poeta realizó un viaje de dos años en busca del cante, con la idea de rescatar las voces de maestros a punto de desaparecer. Durante los años siguientes se ganó la vida como filólogo en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española y como productor en Ariola, discográfica para la que se ocupó de discos de una nueva generación de cantantes llamados Luis Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat, María del Mar Bonet, Lluís Llach, Paco Ibáñez o Vainica Doble.

“He vivido muchos años y lo menos que puedo tener son etapas”, decía, pero lo cierto es que el suyo es un caso único en la historia de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Cuanto tenía ya un lugar de privilegio en los capítulos de poesía y novela hubo que abrirle otro en el de autobiografías. En 1995, con Tiempo de guerras perdidas, comenzó a publicar sus memorias, que en 2001 tuvieron su continuación en La costumbre de vivir y una década larga después culminaron con un particular apéndice: el magistral, agudo y deslenguado volumen de retratos Examen de ingenios.

José Manuel Caballero Bonald, lo decía él mismo, nunca se estuvo “ni quieto ni callado”. Tuvo, además, una virtud rara entre los de su gremio: decía lo mismo en público que en privado. Y por escrito. Así, podía defender con entusiasmo la excelencia literaria de compañeros suyos de generación como Juan Goytisolo y José Ángel Valente mientras criticaba sus egos y vanidades. O ponderar en Camilo José Cela una generosidad solo comparable en peso y medida a su gigantesca vanidad. Nunca hablaba de oídas. A finales de los años cincuenta Caballero Bonald fue subdirector de una revista clave para la cultura de la posguerra, la interior y la del exilio, Papeles de Son Armadans, fundada por Cela en Palma de Mallorca. El desencuentro entre ambos terminaría, cuarenta años después, enturbiando el frustrado ingreso del poeta en la RAE. Después de quedarse fuera por un solo voto cuando era el único candidato, lo dejó estar para siempre y se sentó a esperar todos los premios, que llegaron bajo el nombre de Nacional de Literatura, Nacional de las Letras, Reina Sofía de Poesía y, finalmente, el Cervantes.

En 2020, un tiempo que en su última entrevista con EL PAÍS identificó con “la tercera guerra mundial”, superó el coronavirus. Su libro Manual de infractores recoge un poema titulado “Salvedad” que a Caballero Bonald le hacía gracia comentar cuando alguien elogiaba su longevidad: “Todos aquellos que han sobrevivido / a tres naufragios, tienen asegurada / la inmortalidad. / (...) / Mi suerte ya está echada: / un naufragio me queda para atajar la muerte”. Fue, sobre todo, poeta, pero tenía desde 1977 el título de patrón de embarcaciones a vela y a motor. Y ese tercer naufragio nunca llegó.

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